sábado, 18 de julio de 2009

Cine Foro "Soy un Delincuente" de Clemente de la Cerda. Ciclo Cine+ Arquitectura.18 de julio de 2009.

Alfonso Molina:
Más allá de las debilidades dramatúrgicas que podemos ver en la película, después de treinta años, el tema o el planteamiento sigue siendo importante hoy. A pesar de que la película se hizo con una situación precaria, fue y es importante. Hoy en día este largometraje duraría menos. Después de esta película, Clemente de la Cerda hizo “El Reincidente”. En “Soy un Delincuente” el protagonista no muere. Se anuncia su muerte, incluso en el escrito final. En esta época se hicieron varias películas sobre la misma temática en Argentina, Colombia, México, en Latinoamérica. Esta especie de sub-género presentaba seres marginales o marginados en sociedades subdesarrolladas, donde hay un gran contraste entre riqueza y pobreza, siempre la delincuencia mostrada en espacios urbanos, nunca rurales.
Hay en la película una idea que con el tiempo se ha ido develando, aparte del cambio físico y cultural de la ciudad, y es que han pasado más de tres décadas y la función dramática esencial es la misma: la situación del barrio, de los sectores populares y otros sectores. Está el barrio y está la Plaza Altamira y sus alrededores, el Centro Comercial Paseo Las Mercedes. Son cosas muy aisladas. La concentración de la película ocurre en el barrio, en el retén de menores y no de la otra ciudad. Esta ciudad está dada por fragmentos inconclusos nunca se teje una ciudad. Hoy el tema es el mismo en pleno siglo XXI, es algo dramático la delincuencia y hunde sus raíces en la desigualdad social, la distribución de la riqueza.
Guillermo Barrios:
A mí me parece muy oportuna la selección de la película, porque podemos ver como en Clemente de la Cerda hay una sensibilidad por el espacio urbano. En este sentido la lectura de cómo es la ciudad en “Soy un Delincuente” pasa por el cineasta. La propia filmografía de Clemente nos dice mucho. En los años 63 y 64 se vuelca el cine desde el mundo de la televisión, es un período muy vacuo, muy estéril, del cine venezolano. No hay producción nacional y la poca que había estaba vinculada a la televisión, área de donde viene Clemente. Su hermano era figura estelar de la televisión y él mismo trabajaba en la televisión. Aparece una película que a mi manera de ver recoge lo que es una cinematografía venezolana de la realidad. Es “Isla de Sal”. Película que no por casualidad tiene dos figuras estelares: Lila Morillo y Simón Díaz. Esta película narra el caso de la aproximación a la ciudad. Es la llegada de la hija de un pescador (Lila Morillo) al Nuevo Circo, recibida por su tío (Simón Díaz). Es un recorrido por la ciudad, es una narrativa de la ciudad. De esta película existe sólo 20 minutos recuperados de ese celuloide. Es una historia basada en el mundo de la televisión, con Hugo Blanco más los dos actores que ya mencioné. Aquí ya hay una mirada de la ciudad de Clemente de la Cerda. Su segunda película también es en los años estériles del cine, se trata del “Rostro Oculto”, de la cual no queda nada, sino las crónicas de prensa. Es una película con mucha flexibilidad en el espacio urbano, hablan del claroscuro, la noche retratada a manera de contraste. Sucede gran parte, en el Parque Los Caobos. Es una historia de drogas. En 1969 con “Sin Fin” es un retrato autobiográfico, se trata de las desventuras de un publicista, pasa por los circuitos fundamentales, pasa por la ciudad y en cierta manera, se vincula con un cine internacional, con una París 68, con una vanguardia que avanzaba hacia una forma diferente de ver la ciudad y la cultura, tal como la película “Crónica de un Verano”. En el caso de “Sin Fin” hay un cineasta que sale con cámara en mano. Clemente desemboca con “Soy un Delincuente” previa mirada cinematográfica a la ciudad, áspera y dubitativa pero con un legado que no lo tienen los demás cineastas de lo que llamamos el nuevo cine venezolano. Cahuramanacas, es la combinación de Caracas y humano, cuyo subtítulo era Historia de una ciudad latinoamericana. Cahuramanacas es un cortometraje hecho en Paravisión, lo más avanzado para el momento. Estoy absolutamente de acuerdo con Molina en que los momentos más importantes de las películas son aquellos que parece documental. De hecho es la mirada a una ciudad. Aquí vale mencionar a Jesús Enrique Guédez, muerto el año pasado, quien inicio un cine documental y quien tiene un aporte significativo con “La Ciudad que nos ve”, situándose en un barrio: La Charneca. En “Soy un Delincuente” el morirse o a la reacción a los golpes es muy mala. Así es el cine venezolano, aún hoy en día no saben morirse en las películas.
“Soy un Delincuente” muestra un problema de violencia en barrio y con un elemento de carácter político que es obvio. Por ejemplo, el Jefe de la Policía del correccional estaba vestido con el traje de cuadros que usaba Carlos Andrés Pérez. Se hace un cuestionamiento claro a las instituciones. De paso es una Caracas antigua donde a la ocurrencia delincuencial sigue la actuación inmediata de la policía. Gritan: Policía, y salen inmediatamente. Eso es impensable hoy en día. Además Radio Capital quien informa: Muerto un hombre, eso es para el momento. En la actualidad, Radio Capital tendría que informar las 24 horas sobre las muertes y la delincuencia. No existe una reconciliación entre el barrio y la ciudad tramada (la segregación). Aunque sí hay ejemplos exitosos latinoamericanos en el vencimiento de esa segregación, es decir la gesta de una integración, en ciudades como Bogotá, Medellín y Guayaquil. En “Soy un Delincuente” hay un planteamiento muy claro que de la Cerda expresa con sonido, el radio aquí y allá, en cómo va cambiando la radio a medida que se mueven en los espacios, la presencia de Radio Aeropuerto en el pie del barrio y no dentro del barrio.
Ahora bien, otra lectura que puede hacerse es partir de lo que se llamó el nuevo cine venezolano, que se identifica como nacimiento en la fecha de estreno de la película “Cuando quiero llorar no lloro” de Mauricio Wallerstein, en 1973. Aquí hay planteamientos, se va generando un cine ya no como hechos aislados. Y en esa película, no por casualidad, Mauricio, venido de México, trae un catálogo de aproximaciones posibles a la ciudad. Cada Victorino se sitúa en un ambiente de la ciudad segregada y se pone sobre la mesa los posibles escenarios donde narrativamente se podían desarrollar cada uno de los personajes. Victorino Peralta en el ambiente de los ricos, donde hay pedazos de la ciudad rica: las mansiones, la piscina, los centros comerciales, los gimnasios. Victorino Perdomo en el ambiente clase media, personificado por Orlando Urdaneta, en su primera aparición en el cine. Se trata de un universitario vinculado a la lucha política. Victorino Pérez en el ambiente de los pobres, personificado por Perucho Laya, quien sale de la cárcel, cae en El Guaire y hace un recorrido por la ciudad problemática, antes de llegar al barrio. En el libro que estoy publicando: “Tramas Cruzadas” trato sobre esas segregaciones. Los ricos se dejan para el estereotipo de la tv. Pero al cine comprometido con los movimientos de liberación interesaron los otros dos segmentos, el de la clase media, intelectual, que protagoniza la lucha política y el barrio, la pobreza. Así surge Crónica de un subversivo latinoamericano, también. Y es justamente esto lo que capta y logra Clemente de la Cerda en “Soy un Delincuente”.
Ahora les leeré algo que traje de mi libro Tramas Cruzadas:
“Clemente de la Cerda… debido arquitecto de las villas de toda la miseria. Imagen cinemática cuya composición hace poco no sólo en el barrio… en su ilusión físico espacial, sino un entramado de relaciones sociales perversamente dislocadas de programas aspiracionales de ciudadanía. No es precisamente en el rancho donde sucede todo, sino que en los espacios donde el protagonista va, sucede esa degradación moral. A los ideales políticos de liberación, de la Cerda opone un programa esquizoide de supervivencia. Su propuesta “Soy un delincuente” (1976) expone ante un público masivo, a pleno sol, los entretelones vergonzantes de la metrópolis en curso. A la barriada de locación, al sur de la ciudad (El Mamón y Santa Fe) se accede desde el inmenso helicoide de la Roca Tarpeya, esa pieza… de lanzamiento interrumpido de la modernidad caraqueña. Un ejemplo de las grandes arquitecturas, con umbral simbólico y gigantesco de una leyenda urbana sin solución de continuidad. Gran arco no de triunfo sino de fracaso, antesala de la gran penuria que finalmente habitó la ciudad. La cámara al comando del propio director, se mueve relajada por los espacios del barrio hacia el interior de ranchos míseros y en las caminerías estériles y polvorientas que lo irrigan. En el curso de su narración, la ciudad formal, la ciudad tramada es sólo interfase del eje maldito barrio-cárcel, barrio- burdel o barrio cementerio, un hilo no tejido de espacio cuya razón se reduce a ser revista de escena del crimen. El filme resuelve un acercamiento puntual al plano de fragilísima frontera y contundente contraste, a partir de panorámicas con limitadas fuerzas emotivas y registros de a pie por algunos lugares de Caracas. Sobre las calzadas del centro, de la Cerda, vuelve a demostrar habilidades en el registro de lo urbano y de lo inadvertido, lapso de la vida en ejercicio. En un instante histórico, en vigencia del futuro mutuo, los quioscos venden el recién inaugurado diario 2001, titulando: Caos, los carritos por puestos anuncian Chacaíto, Bello Monte, Las Mercedes. Precisamente los lugares que la policía pone como límite a los delincuentes. Y al fondo: ruido de ciudad, y sobre el mueble de la casa: Radio Aeropuerto da la hora. Un sonido particular del proceso de replanteamiento y modernización de los medios y la radiofonía nacional. La cámara acude a su tránsito por anónimas calles de la ciudad y para remarcar los aspectos insoslayables de la segregación… En su final elíptico “Soy un Delincuente” incluye la escena del arrebatón efectuado por un pequeño ratero a plena luz del día para dejar planteada la cartografía nacional sobre la cual el cineasta se ubica en su prolífica filmografía. Luego en una saga inmediata con El Reincidente (1977), de la Cerda rastrea la ciudad con las mismas referencias, aunque la cámara se hace más ventral en esta oportunidad, sale menos a la calle, transita con preferencia por espacios interiores, por los correccionales, los grises espacios… siempre a partir del rancho y del barrio, pero mostrándolo con resolución y coraje… en definitiva es parte de un “cine malandro” como el mismo cineasta llega a caracterizarlo.
Nuestra lectura (Otra lectura más):
El Malandro Vs. El Policía

Soy un delincuente es una película que llama a una lectura actual de la formación del funcionario policial y el delincuente. La historia de Ramón Antonio es quizá una réplica de la situación familiar de un niño ante la ausencia de la figura paterna en un ambiente mísero. Desde pequeño comienza a apropiarse de las vías alternas para ganar dinero y llevarlo a casa.
La madre lo deja en manos de una vecina, una guía en cuestión de arrebatos de carteras, iniciación sexual y trampas para los transeúntes. Continua este camino que por peligroso que es, genera satisfacción y disfrute.
La participación en robos planificados lo presenta como un discípulo que ha superado a su guía originaria. Sigue perfeccionando técnicas y la organización de un grupo al cual comanda. Usa armas, burla a la policía y evade las sanciones constantemente.
Con frecuencia es atrapado por la policía. Un cuerpo policial que está menos preparado para afrontar a aquellos jóvenes delincuentes. Usan como escudo la violencia y el maltrato como formas de poder. En varias escenas se les ve armados de rolos y sin el uso de chalecos antibalas. Aquellos que ocupan cargos administrativos ostentan un poder dentro de las cárceles y retenes de menores. Fuera de estos se le atribuye una autoridad legitimada por aquellos ciudadanos que reclaman protección y justicia, pero ¿esos funcionarios están preparados ante aquellos jóvenes que tienen más experiencia en el uso de armas? Los Derechos Humanos entran en juego en la formación de un policía.
En el marco de los Derechos Humanos siempre estará presente el siguiente dilema ético:
Si yo fuese policía y está en mis manos matar a un malandro para salvar la vida de un ciudadano trabajador, el cual se encuentra encañonado por el antisocial, ¿qué haría yo? Decir lo mataría o no lo mataría será sólo posibilidades. Hay que estar en los zapatos del policía.
Claritza Peña/José Alirio Peña

2 comentarios:

Andrea López dijo...

Buena la reseña. Muy de acuerdo con el crítico Alfonso Molina en que han pasado treinta años y la temática de la ruptura entre el barrio y la ciudad sigue vigente. Debo decir que desde hace año y medio vivo en México y me deja loca cómo Buñuel, sin duda precursor del género, hizo en 1952 "Los Olvidados" y hoy este país sigue igualíto en cuanto a miseria.

Me inquieta un poco la aseveración de que de "Isla de Sal" sólo queden 20 minutos. Al hacer el docu sobre Clemente, yo pude ver y grabar esta peli completa. De "Sin Fin" era que quedaban los 20 minutos. ¿Será una confusión o acaso hemos perdido también "Isla de Sal"? Espero se trate de lo primero, no creo que una persona tan dedicada como Oscar Garbisu haya permitido la pérdida de esta peli.

Saludos,

Juan Carlos dijo...

Cuando vi esta película me sorprendió que a pesar de las malas actuaciones, uno ve que el cineasta tiene una postura bien firme ante la pobreza, la injusticia, la delincuencia, y el Presidente del momento.